Rafael Latorre: La buena onda como historia

Pinamar tiene sus encantos a flor de piel. Las playas, los bosques y las historias. Rostros, gestos, relatos que se van multiplicando entre las calles de nuestra ciudad. Gente que fue escribiendo las letras de los relatos que crecen cada día. Gente que se fue, gente que siempre está volviendo. Las calles de Pinamar están escritas con estos momentos, algunos efímeros, otros inolvidables. Y hay lugares en donde esas historias se juntan y se hacen recuerdo. Rafael Latorre es testigo constante. Desde su kiosco, en las inmediaciones del Hospital Comunitario de Pinamar, ve pasar propios y extraños. Escucha historias, se hace parte o, casi con respeto profesional, se hace a un costado. Rafael es, indirectamente, parte de todo lo que nos pasa como ciudad y tiene su propia historia: "Hace 15 años que vivo en Pinamar, llegué después de vender un Supermercado en San Martín, en el norte del Gran Buenos Aires. La inseguridad me movió de aquel lugar y me trajo para acá. Cambié bienestar económico por calidad de vida".

"Tengo 55 años", cuenta quien todos conocen como "El Rafa", "Y no me equivoqué, vine a Pinamar con toda mi familia, mi mujer, mi hija y mi hijo. Sinceramente no me equivoqué al elegir este lugar". Rafael, en su negocio, también tiene su particularidad. "No fue fácil pero logramos la particular situación de convivir con otro negocio idéntico, uno al lado del otro, y que los dos funcionen".

Su día comienza bien temprano, "6.30 ya estoy arriba porque me gusta llegar bien despierto al negocio. Acá llegó a las 8 y nos proponemos darle batalla al día a día con la mejor predisposición posible. A veces es complicado, básicamente hay gente que viene con mala onda y este lugar es un cúmulo de historias. Juro que muchas veces me siento parte de lo que me cuentan, juro que a veces me cuesta mucho despegarme de lo que recibo. Le pongo la mejor onda posible siempre, le ponemos pila para brindar buena onda es parte del servicio que brindamos". 

"No sé de dónde saco la buena onda", reconoce Rafael, "A veces me sorprendo pero mi principio es ponerle siempre buena onda. Es difícil porque, de alguna manera, hay que estar preparado para estar de este lado del mostrador. Los vecinos van y vienen y el que está de este lado tiene que tener experiencia para tratarlos. Se hace complicado a veces inculcar una forma de trabajar, de atender a la gente. No me parecen nada mal las capacitaciones laborales. Acá tenemos vecinos pero también tenemos muchos turistas. Este es un lugar de paso y los parámetros se mueven. Una semana no vendés cigarrillos, otra semana aumenta. Es todo muy cambiante y ahí tenés que estar vos con tu capacidad de aguante para poder mantenerte y jugártela todos los días".

"Fundamentalmente tenés que tratar bien a todos. Cliente, proveedores, todo el universo de la atención al público requiere de mucho humor", detalla Rafael, "Este lugar es un termómetro cultural. A veces vez que falta un poco de chispa, que falta humor y desde acá, todos los días, intento cambiar eso. Remo, remo, le pongo mucha onda y así me mantengo. El secreto está en ponerle onda a todo lo que hacés y así, al menos yo, soy feliz".